Gris se ha vuelto el cielo,
aunque estaba amaneciendo,
y el azul de tu silencio
es el que ha hecho oscurecerlo.
No el verde de los ojos,
ni unos labios rojos,
porque no existe el color
en la tormenta de tu cuerpo.
Son los relámpagos seguidos de los truenos
que suenan cada vez que te echo un poco más,
un poco más, un poco más...
de menos.
aunque estaba amaneciendo,
y el azul de tu silencio
es el que ha hecho oscurecerlo.
No el verde de los ojos,
ni unos labios rojos,
porque no existe el color
en la tormenta de tu cuerpo.
Son los relámpagos seguidos de los truenos
que suenan cada vez que te echo un poco más,
un poco más, un poco más...
de menos.