Tengo el alma medio cruda y los labios al dente, creo que hoy también nos iremos a dormir con hambre. A estas horas sólo hacemos guardia los valientes, nos mantenemos fríos y firmes, y en nuestro interior rezamos a algo en lo que no creemos para que el primer rayo de la mañana no nos derrita lo que nos queda de nuestro congelado corazón. Aquí los cuervos son sentencia y compañía, siempre digo que los cuervos vuelven, y nunca miento, en cada viaje sus ojos se tornan más negros, más llenos de esa inevitable verdad. Somos muchos pero no nos vemos, andamos al mismo vulgar compás. Se siente el hedor del odio, se mastica la tensión, pero el peso de la vergüenza sobre nuestros ojos hace imposible cualquier acto violento. Quisimos apoderarnos de la noche, pero con el tiempo acabamos acurrucados en sus ligeros brazos y fuimos mejores confidentes toda una vida. Se teme el dormir, dejar libre albedrío a la mente es casi jurarse una pesadumbre eterna. La respiración se hace más profunda cuando huele a nuevo amanecer, y el miedo tangible. Los sollozos repletos de resentimientos empiezan a nacer entre nosotros, he visto manos temblorosas buscando algo con lo que poder pagar a Caronte, son horas muertas literalmente. Muchos caen a lo largo del día, otros simplemente se pierden y piden no volver, no hay cabida para la empatía, no hay duda ante el dolor. La mente teme, la mente miente, y yo, yo acabo exhausta y confusa cada día, como cuando te miraba a los ojos.
Y colapso a intervalos, en temporadas de baja presión oculta en mis sábanas, allí donde nadie llega.
