Otras cosas bonitas.


viernes, 17 de febrero de 2012

Viste con guante blanco.

Llevo viéndola desde hace un año, es preciosa. Su rostro blanco, casi pálido que brilla con cada centímetro de luz que la roza, sus finas manos que parecen ser talladas por un brillante escultor, su perfecta nariz, su media melena siempre tan arreglada, de ese color caoba que en otoño logra fundirse con el paisaje, y su tesoro por descubrir, su mirada. Siempre lleva unas gafas negras, llueva o haga sol, siempre las lleva, como si éstas formaran parte de su rostro, como algo natural. Me muero por saber que hay detrás de esos negros cristales. Quien sabe, se me pasan las horas imaginándome sus ojos, quizás sean azules como el cielo al que pertenece, o verdes como su naturaleza, o marrones como la calidez que la envuelve... de lo que no dudo es de que serán preciosos. Me siento aquí todos los días, en medio de éste parque, en el cuarto banco de la izquierda, desde las tres hasta las tres y media, y espero a que pase. Es el mejor momento del día, verla caminar con esa ligereza, vestida con su abrigo estampado, acompañado por una larga bufanda blanca, y con ese fino y elegante bastón. Sólo disfruto de su presencia durante dos o tres minutos, pero son más que suficientes. No sé si se habrá percatado de mi presencia, supongo que si... llevo sentándome aquí casi un año, todos los días, debe haberse dado cuenta de que la observo. Pero... si lo sabe ¿por qué no me dice nada? Quizás lo haga para provocarme. Quien sabe a lo que se dedicará, quizás esté casada y con hijos, o quizás viva sola acompañada de un gato, infinitas posibilidades... pero ella no da ninguna pista, es tan sencilla, y en su sencillez se haya esa profunda belleza. Sabes, me imagino su forma de ser, la imagino callada y decidida, temblorosa y fuerte, dulce e incapaz de emitir amargura, lista e ingeniosa, amante del jazz, perfecta cocinera, mejor madre... la lista se me hace infinita. No me preguntéis porque, pero no puedo decir nada negativo sobre ella, es totalmente incompatible con ese concepto. Decidido me presento hoy a ella, no puedo esperar más, no tengo nada que perder... al menos eso creo.
Trabajo en una mercería desde que era pequeño, entre telas de todos los colores y texturas... cuantas bocetos habré hecho de su cuerpo envuelto en telas, envolviéndola en seda, en esa suavidad que ella merece, delicada princesa.
Ando tras ella, hoy la ligereza y la prisa se han hecho con sus pasos, y adelantados a ella, ese fino bastón blanco. Le doy unos pequeños golpecitos en el hombro, y rápidamente se gira, mueve la cabeza con miedo y agarra su bastón con decisión. Antes de que pudiese presentarme me pregunta quien soy, que quiero de ella. Su voz temblaba, el miedo y la desconfianza se apoderaron del momento. Le rogué más de una vez de que no tuviese miedo, pero claro... ¿qué le podía decir? Me contagió su temblor, las palabras se escondieron. Asustada decidió escapar, no pude ni si quiera saber su nombre y ni mucho menos, ver aquello que se ocultaba detrás de esas gafas. No puedo permitirlo, es mi única oportunidad de saber de ella, los impulsos se hicieron conmigo, corrí detrás de ella. Aunque ya estaba lejos, aún podía verla, me recordó a una ninfa que rodeaba a los árboles, los acariciaba, incluso yo diría que hasta los podía sentir. Le agarré la mano bruscamente y ella tropezó. Me quedé con unos de sus guantes en la mano, blancos como su bufanda. ¿Como podía haberle hecho eso?, ¡qué brusco, qué estúpido!. Le ofrecí mi brazo para levantarse, pero ella se quedó allí sentada en el suelo, temblando. Vi como en sus mejillas se deslizaban dos lágrimas que llegaban hasta sus labios, y allí se fundían con susurros que sollozaban un.."que quieres de mi...". Alzó su cabeza, y por fin vi su mirada, sus ojos. No me lo podía creer, no eran ni azules, ni verdes...nada, el blanco era su color, pero no fue eso lo que me sorprendió, fue la sensación de mirada perdida lo que me estremeció, mirada perdida y asustada. Ahora lo entendía todo. No emití palabra, se quedó buscando su guante en el suelo, pero rápidamente se levantó y hechó a correr.
 La esperé al día siguiente con su guante, debía devolvérselo, sé que aunque ella fuese ciega veía más que los demás. Este guante blanco, blanco como su mirada, como su pureza. Estuve allí todo el día y no apareció, quizás le haya pasado algo, quizás no vuelva a verla...quizás no vuelva a verla. No pierdo la esperanza, vendré aquí, a este mismo parque, en el cuarto banco de la izquierda todos los días, con su guante, se lo devolveré, ya he esperado 25 años... sé que volverá.



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