Otras cosas bonitas.


jueves, 29 de octubre de 2015

Aún sigues por aquí.

Y se escuchan truenos, nubes negras amenazan mis azoteas y se forma un gran cumulonimbus que se adentra por cada parte de mi cerebro. Comienzan los relámpagos y mis ojos se iluminan al son de los truenos, la lluvia empieza a mojar cada parte de mi cerebro y mis neuronas se refugian donde pueden, pero siempre hay alguna despistada que corre por su cuenta y no se percata de que la tormenta ha comenzado, y para cuando quiere refugiarse es demasiado tarde, la lluvia la ha acorralado. Las neuronas son una gran familia, todas están conectadas, pero fue demasiado tarde, a esta pequeña despistada la lluvia la había alcanzado, y sí, una gota la acarició y de ella comenzaron a desprender chispas y una luz azul muy intensa, ella estaba asustada pero pronto se percató que a todas sus compañeras refugiadas le sucedían lo mismo, comenzaban a desatar luz. Y así todo mi cerebro se convirtió en un precioso cortocircuito en el que no había actividad alguna, todas mis neuronas descansaban por ese gran impacto sufrido.
Para cuando me quise dar cuenta sentí algo todavía por allí, andando, mejor dicho, intentando escapar, era un pequeño ser que salía de la zona de mis recuerdos, y eras tú. Tú saliste de mi propia tormenta personal en busca de alguna salida, de un lugar algo más cálido, ya que aquello no era más que un cementerio de neuronas y sentías miedo. Te tocaba hacer un largo viaje por mis adentros, y sabrías que no sería nada fácil, algo dentro de ti te decía que habría muchas trampas en las que ya caíste más de una vez, así que esta vez irías con pies de plomo observando cada rincón por si algo malo acechaba a tus espaladas. Recuerdas ver dos puntos de luz lejanos y creíste que ese sería un buen lugar para escapar, así que lograste salir de entre las enredaderas de mi cerebro para acercarte a aquellas ventanas, la luz era tenue, pero allí todo era oscuro y no había otra opción. Y valiente, recorriste ese camino que te llevaba a la luz, notabas que el suelo estaba húmedo por lo que acercarte cada vez se te hacía más costoso. A cada paso dado, te diste cuenta de que se formaban pequeñas corrientes de agua, estas corrientes se convirtieron en ríos, de ríos pasaron a lagos y de lagos a mares. Te agarraste a las paredes de aquellos lugares para que la corriente no te llevara con ella, no sabrías si aquel camino tenía final por lo que decidiste que lo más seguro sería hacer aquello. Te sorprendiste por el final de aquel camino, porque te encontraste con dos cataratas inmensas y por más que quisieras ver una línea en el horizonte no podías distinguir nada. Todo estaba demasiado nublado, y sabías que aquel sitio era peligroso, pero además de eso, sentiste otra cosa, que ese sitio, aquel lugar, era muy triste. En tu pequeño corazón te diste cuenta de todo lo que estaba sucediendo en aquel momento, esas grandes cataratas, aquel lugar, eran mis ojos, te diste cuenta de que estabas dentro de mí. Aunque no se pudieses ver nada, era una imagen bonita, si mirabas hacía abajo podías ver como el gran mar se desbocaba a algún lugar infinito. Era confuso para ti, no supiste saber si aquello era una imagen bonita o quizás triste.
Aquella salida te pareció peligrosa por lo que decidiste volver al punto de partida, recorriste de vuelta el camino a la oscuridad. Volviste a aquel lugar oscuro y frío, te sentiste desorientado, tenías miedo de hacer cualquier cosa e hiciese que aquel lugar se desmoronase, pero de entre aquel lugar tan sumamente oscuro apareció una pequeña, casi diminuta luz azul, su luz parpadeaba, no le quedaba mucho por hacer a aquella pequeña neurona, la cogiste delicadamente con las dos manos y la miraste atentamente. Ellas no pueden hablar, pero te señaló un túnel y de alguna manera sentiste que esa pequeña te sonrió, y se apagó en tus manos. La dejaste con las demás para que así pudiera descansar en paz y seguiste su consejo.
Recorriste el camino que te aconsejó, era un túnel grande y algo resbaladizo, pero tú pudiste descender sin mucha dificultad ya que detrás de aquellas paredes, y a la par que más descendías, podías ver como éstas se iluminaban. Escuchaste un sonido, mejor dicho un estruendo que cada vez era más y más fuerte, las paredes comenzaban a vibrar y más de una vez pudiste caer a ese pozo sin fondo. Comenzaste a desconfiar de aquella pequeña luz que te aconsejó seguir éste camino, pero aún así seguiste con tu recorrido. Hubo un momento que pensaste que aquel túnel era infinito, un laberinto casi, la curiosidad de que había detrás de aquellas paredes se apoderaba de ti, una fuerte luz color naranja y unos estruendos como si de los famosos truenos que te trajeron aquí de alguna manera se estuvieran invocando en ese lugar. No querías descender más pues sabías que aquello quizás fuese tu perdición, por lo que con todas tus fuerzas comenzaste a pegar a aquellas paredes, cada vez más y más fuerte hasta que se hizo una pequeña grieta, fue fácil hacerla más grande, y te colaste en aquel lugar, en el lugar más importante y quizás bonito que tengo.
Viste como mis costillas, que parecían viejos árboles blancos protegían a una gran piedra que derrochaba una preciosa luz naranja, una luz que te invitaba a cerrar los ojos y a descansar. Pero no quisiste hacerlo, viste que también alrededor se alzaban dos grandes pilares que se inflaban y desinflaban, y cuando lo hacían simulaban un sonido, como si cientos de pájaros cantasen a la vez, parecía un lugar mágico. Sin tiempo que perder, subiste por las escaleras de mi columna vertebral, hasta que llegaste a esa gran piedra, era enorme. Sabías que esa gran parte de mí era mi corazón y te daba la sensación de que mis costillas te vigilaban a toda costa por si se te ocurría dañarlo. Conforme te acercabas, aquel ser enorme se iluminaba más y más, y tuviste el valor de acercar tu mano y tocarlo. Todo comenzó a agitarse, a temblar y conseguiste agarrarte a él para no caer al vacío que sustentaba todo aquello. No duró mucho, pero por miedo decidiste no volver a tocarlo, tenías miedo de volver a hacerlo tiritar, pero viste que el resultado de aquel pequeño terremoto era que una pequeña puerta en mi corazón se había abierto, decidiste entrar, y cuando pusiste un pie dentro de él todo se iluminó, pero no fue una luz cualquiera, fue una luz cegadora que te dejó fulminado.
No supiste bien cuantos días pasaron, quizás semanas, quizás meses, pero estabas aún dentro de mi pequeño motor, acurrucado en un rincón, sentías una tenue calor y una luz que te invitaba a quedarte allí para siempre. Estabas cómodo allí, y lo mejor de todo, sentías mucho cariño, porque era un lugar donde la ternura se podía respirar. Como no eras consciente del tiempo que había pasado decidiste salir de allí e investigar un poco aquellos lares, jugabas con mis costillas, te colgabas de ellas, y de alguna manera en tu pequeño corazón sentías que yo sonreía, no sabías si quizás me estabas haciendo cosquillas o simplemente me alegraba de que estuvieses jugando por mis adentros, pero eso te hacía sonreír, así que decidiste quedarte allí unas semanas más. Dormías en mi corazón y jugabas e investigabas cada rincón de mi caja toráfica, fuiste como el pequeño engranaje que le hacía falta a todo aquello para que volviese a funcionar, la pequeña pila que le dio un empujoncito a la gran fábrica de mi corazón.
Llegó el día que decidiste partir de allí, debías seguir tu camino, volviste a subir por mi garganta y para tu sorpresa cuando llegaste a mi cerebro viste que éste volvía a funcionar como una ciudad a plena hora punta, cientos de corrientes eléctricas corrían por él, parecía que las pequeñas neuronas tenían una prisa abrumadora por llegar a dónde quieran que tuvieran que llegar. Te diste cuenta en un momento de que aquella pequeña luz que una vez te señaló un camino andaba hacia a ti, pero esta vez desprendía una luz enérgica, es más daba pequeños saltos conforme se acercaba a tus pies. La volviste a coger con mucho cariño y te volvió a señalar otro camino, y éste era el que llevaba a mis ojos, le explicaste que ya intentaste salir por allí y que fue imposible, pero ella negó con su pequeña cabecita y volvió a señalarte aquel camino. Volviste a confiar en aquella pequeña luz que rápidamente volvió a su lugar de trabajo, escuchaste un leve "gracias", el cual no supiste de dónde vino, quizás fue tu imaginación, quizás no.
Volviste a recorrer el sendero que llevaban a mis ojos, a esas dos ventanas, pero esta vez el camino no estaba húmedo, es más podrías encontrarte alguna flor que otra por el camino, la luz cada vez estaba más cerca y pudiste salir, no era peligroso. Volviste a tu tamaño natural, abrumado pero contento por la experiencia y seguiste hacia delante, pero una mano se apoyó sobre tu hombro y rápidamente te diste la vuelta, y era yo. Te abracé y te susurré: "Aún sigues por aquí".


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