Otras cosas bonitas.


domingo, 4 de octubre de 2015

Bellaluna.

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Un día decidí escaparme de casa, era de noche y dónde vivo, mejor dicho, donde vivía era una pequeña casa alejada de la población. Me rodeaban praderas infinitas, no me hacían falta zapatos la hierba era un suelo más que ideal. Corría y corría sin ninguna dirección, la luz de la luna iluminaba las grandes montañas y las hacía titánicas, como grandes diosas que nos protegen, que nos miran desde lo más alto. Y no podía dejarla de mirarla allí, tan grande, tan bonita, con la mejor compañía que alguien podría tener, las estrellas. Comenzó a hacer frío y aunque en gran faro del cielo me iluminaba cualquier rincón de aquella pradera, decidí meterme en un pequeño hueco entre unas rocas y pasar allí la noche, no tenía miedo mientras pudiera ver la luna. Una vez allí comencé a respirar lentamente y a cerrar mis ojos, los apretaba tan fuerte hasta que me dolieran, pero mis manos comenzaron a temblar, y mis piernas se quedaron inmóviles. Estaba volviendo el monstruo, volvía y yo volví a sentir cómo mis ojos se volvían rojos y llorosos, lo sentía cada vez más y más cerca, hasta que se asomó por uno de los rincones de las rocas y decidí salir corriendo como si me fuera a dejar las piernas en ello, o me dejaba las piernas, o me dejaba el alma, era el precio a pagar. Las ramas de los árboles comenzaron a desgarrarme la ropa, empecé a escupir sangre por la boca y veía cómo mis manos se iban convirtiendo en algo oscuro, en las manos de aquel monstruo que llevaba ya mucho tiempo detrás de mí. Comencé a gritar en un sitio en el que sólo te contesta tu eco y todo era mucho más terrorífico. Hubo un momento en el que paré en seco y mire hacia arriba y entre sollozos, buscando la luz, pedí a no sé quién que todo ésto se acabase ya por favor. Parecía que me había metido en su terreno, en el terreno de aquel monstruo, era más rápido que yo, más listo y sabía más de mí que yo misma, pues ese monstruo lo cree yo. Vi como las ramas me buscaban como si fuesen sus brazos, lo volví a escuchar, volví a escuchar su cruel voz y yo comencé a gritar más alto y más alto, pero no pude superar el volumen de la suya, pues él estaba en mi cabeza. Recuerdo dejarme las uñas para escapar de allí, recuerdo hacerme cortes con cualquier cosa que tuviera a mi alrededor para que el dolor lo hiciese callar, recuerdo darme golpes contra lo primero que viese para perder la consciencia e irme. Porque cuando cierro los ojos él no puede verme porque yo estoy en otro mundo y él no me alcanza.
Por suerte pude escapar a base de dolor, no veía nada, caminaba a oscuras hasta que sentí que caí en un sitio muy profundo, pero desde ese sitio tan pequeño y alejado de la superficie podía ver la luna, y allí en ese rincón no me podían encontrar, nadie me podía ver, estaba sola y era feliz, todo en esos momentos se había acabado. Y pasaba la noche y ella seguía allí mirándome desde ahí arriba, como si me protegiese, pero sé que antes o después se iría, por lo que pasó algo mágico, vi como algo brillante caía desde el cielo, desde ella. Esa pequeña cosa tropezó por las ramas de los árboles y cayó justamente en mi pequeño agujero. Recuerdo que desprendía una luz cálida, era como una piedra muy pequeñita que producía calor y de vez en cuando soltaba pequeñas chispas de luz. Era una luz que hizo sentirme llena, sin miedos, era una luz de felicidad, una de esas luces que hacen que de tus pupilas desaparezca el color negro. A los pocos segundos de tenerla en mis manos y sin darme tiempo a apreciarla del todo vi como ese pequeño trocito de luz comenzaba a llenarse de vida, a moverse por si solo. Yo me quedé mirándolo, veía cómo revotaba por las paredes de aquel lugar hasta que, con la delicadez de una pluma volvió a caer en mis manos. Y sin darme cuenta, en una fracción de segundo, ese trocito se metió en mi boca y me lo tragué. Comencé a mirarme el pecho y pude ver mi corazón iluminado, veía como latía, veía como la sangre circulaba dentro de él, veía la vida. Y vi una luz muy potente justo a su lado, vi una luz que parecía luchar contra una mancha oscura hasta que de ella no quedó nada. Entonces vi también como el sol comenzaba a salir, me miré a las manos y veía que me desvanecía con el día, que me volvía polvo, polvo dorado. De ese agujero en el que estaba metida salió una luz como si de un faro se tratase. Y tan sólo salió polvo de allí, polvo que se fundió con la luz de un nuevo día, un precioso polvo libre, iluminado por los rayos del sol. Ya no era nada, ya era libre, aunque algunos cuentan que aparezco de vez en cuando por allí, la niña que se comió un trocito de la luna para espantar a los monstruos, para alejarlos de la gente. Me llaman Bellaluna y ahora, ahora permitidme descansar para siempre.


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